
De dónde viene
Soy hijo único. Desde muy chico iba al videoclub con mi mamá, y miraba muchas películas. Demasiadas, seguramente. Eran mi compañía. Me enamoré de las historias y de los personajes, y quedé atrapado en eso. Quería vivir mi vida como una película, con la misma emoción e intensidad. Cada personaje era distinto. Cada historia era distinta.
En el colegio me empecé a obsesionar con dos palabras: libertad y éxito. No sabía bien qué significaban, y todavía no lo sé. Solo me sentía incomprendido. A casi todo lo que estudiábamos no le encontraba propósito, ni nada que me representara. Les preguntaba a profesores y directivos por qué tenía que estar ahí si ya sabía que no iba a hacer nada de eso. Nadie tenía una buena respuesta. Así que hablaba, me reía, escuchaba música. Era lo que más me gustaba del colegio. La gente.
Siempre creí que es más fácil descubrir lo que no te gusta que lo que sí. Y para encontrar lo que te gusta hay que explorar. Muchas cosas, muchas historias. Hay que vivir distintas películas y distintos personajes en tu propia vida.
Terminé el colegio de noche. Mi papá me dijo que iba a trabajar con él a la mañana, así que pasaba los días haciendo fletes con él por Buenos Aires en una camioneta chica, y a las seis me iba a clase. En esa aula había gente de todas las edades, y los profesores nos trataban como adultos. Eso me gustaba. Después estudié cine un año, pero trabajar todo el día y estudiar a la tarde no me dejaba espacio para nada más, así que lo dejé.
Durante el Covid trabajé en una farmacia. El primer año estuvo bien. El segundo era siempre lo mismo. Y un pensamiento me empezó a carcomer: si me quedo acá, ya sé cómo va a ser mi vida. Podía ver el techo. Seguramente en unos años iba a llegar a un buen puesto, iba a terminar viviendo en la casa de mi abuela, remodelándola, quizás en pareja con una chica de la farmacia. Saber tan temprano hacia dónde iba me deprimía. Siempre fui un poco como Walter Mitty, soñando despierto con aventuras. Creo que eso fue lo que me empujó.
Entonces mi papá me preguntó: ¿por qué no te vas a hacer la Working Holiday a Australia? Ni lo pensé. Desde chico decía que quería viajar por el mundo y conocer gente de otras culturas. Argentina me quedaba chica.
Desde que llegué, dejé de soñar despierto. Lo estaba viviendo. Gente nueva todo el tiempo, y con cada persona, una historia distinta. Distintas películas, distintos personajes, en mi propia vida. Pasaban tantas cosas que al tiempo sentía que habían pasado años. No eran años. Era que cuando se viven cosas nuevas con gente nueva, se aprovecha y se aprende mucho más en muy poco tiempo.
Después de tres años me mudé a Dinamarca. Era distinto. Nada de hostels, nada de Working Holiday. Esta vez me estaba estableciendo, y con eso viene la rutina. Los mismos días, las mismas cosas. Y por primera vez sentí que estaba de vuelta en Argentina. No del todo, porque todo seguía siendo nuevo. Pero a la larga, sí.
No conocía a nadie. No quería una cita. Quería conocer a alguien nuevo y vivir una experiencia nueva con esa persona. De ahí viene Mystery Match. No hay una cara. Hay una voz, y no se sabe a dónde va.
El mundo es tan grande, y está tan lleno de cosas y posibilidades, y la vida es tan corta. ¿Por qué conformarnos con vivir siempre la misma historia, si podemos vivir muchas?
Todavía no sé bien qué significan la libertad y el éxito. Van cambiando. Pero por ahora, creo que es esto.
Libertad es no ver el techo.
Éxito es lo que guardas:
los momentos compartidos, convertidos en recuerdos.
Porque al final, los recuerdos son lo que queda.
Todavía estoy descubriendo si a otros les pasa lo mismo.
— Franco